Sesgos Cognitivos: No dejes que la realidad te impida alcanzar la verdad

Sinopsis. Como consecuencia de la evolución humana nuestra mente ha desarrollado una serie de mecanismos que nos permiten tomar juicios de forma inmediata y asumir una posición rápida ante estímulos. Pero esto acarrea también sus inconvenientes, como que son construcciones irracionales que nos pueden alejar del conocimiento. ¿Cuáles son estos prejuicios y que métodos de obtener conocimiento tenemos que resisten fácilmente a su existencia?

El ser humano es definido en multitud de ocasiones como un animal racional ya que en el transcurso de su evolución el desarrollo de su raciocinio ha sido la clave principal de su éxito biológico convirtiéndose en la especie hegemónica en el planeta. Sin embargo, ese mismo desarrollo evolutivo ha generado la necesidad de emitir de forma inmediata juicios que utiliza nuestro cerebro para asumir una posición rápida ante ciertos estímulos, problemas o situaciones, que debido a la incapacidad de procesar toda la información disponible se filtra de forma selectiva o subjetiva.

Ese proceso da lugar a lo que se conoce como sesgos o prejuicios cognitivos un efecto psicológico que produce una desviación en el procesamiento de lo percibido, lo que lleva a una distorsión, juicio inexacto, interpretación ilógica, o lo que se llama en términos generales irracionalidad, que se da sobre la base de la interpretación de la información disponible, aunque los datos no sean lógicos o no estén relacionados entre sí. Así pues en la medida en que el cerebro puede hacer construcciones erróneas sobre su entorno podemos concretar que los prejuicios o sesgos cognitivos hacen que nuestra realidad construida nos aleje del conocimiento de la verdad.

Los sesgos cognitivos fueron introducidos por los psicólogos Daniel Kahneman y Amos Tversky en 1972 y a partir de varios estudios y experimentos se le fue concedido a Kahneman (Tversky ya había fallecido) el premio Nobel de Economía en 2002 por haber integrado aspectos de la investigación psicológica en la ciencia económica, especialmente en lo que respecta al juicio humano y la toma de decisiones bajo incertidumbre. En su artículo “Juicios en incertidumbre: heurística y sesgos” muestran los resultados de numerosos experimentos que les permiten detectar tres tipos de sesgos en nuestra manera de razonar y que vamos a describir a continuación.

El primero de ellos es la representatividad. Esta consiste en que somos proclives a sesgar nuestros juicios en función de estereotipos. Se tira una moneda varias veces ¿Qué secuencia es más probable obtener, cara-cruz-cara-cruz-cruz-cara o bien cara-cara-cara-cruz-cruz-cruz? Al hacer esa pregunta la gente tendía a pensar que es la primera porque representa mejor una situación aleatoria, a pesar de que ambas son igual de probables. Sucede lo mismo en que por ejemplo un resultado del cupón de la ONCE en que todos los números que salieran fueran 4, mucha gente encontraría ese boleto menos atractivo aunque en probabilidad es igual que cualquier otro.

Otro ejemplo señalado en los estudios de Kahneman y Tversky. Se sabe que en una reunión hay abogados e ingenieros en proporciones 30%-70%. Se pregunta a una persona al azar si le gustan las matemáticas y responde que sí. ¿Con qué probabilidad es ingeniero? Podemos hacer la misma pregunta cambiando las proporciones a 70%-30%. Lo interesante es que las respuestas apenas varían cuando deberían hacerlo, y bastante.

Otro ejemplo, recogido por estos psicólogos. Cuando en un hospital el número de nacimientos de un sexo es superior al 60% del total se considera un día especial. ¿Dónde habrá más días especiales, en un hospital donde nacen unos 45 bebés al día o en uno donde nacen unos 15? La mayoría de la gente suele contestar que da igual y, entre los demás, se reparten más o menos a medias los que opinan que un hospital u otro. La respuesta correcta es que en el hospital pequeño, claro está.

Sesgo de disponibilidad. Este consiste en que tendemos a creer que es más abundante o probable aquello de lo que podemos generar ejemplos más fácilmente. Por ejemplo, en un grupo de 10 personas hay que formar un comité formado por un subgrupo de ellas. ¿Cuántas combinaciones son posibles para elegir uno de 2 personas? ¿Y uno de 8? De nuevo, las respuestas estiman en un mayor número los comités posibles de 2 personas. A nada que pensemos debe quedar claro que deben ser las mismas combinaciones. Cada comité de 2 personas define uno de 8 (los que no se eligen), pero es más fácil pensar en combinaciones de 2 que en combinaciones de 8.

¿En el idioma ingles hay más palabras que comienzan con la letra “r”, como read, o que contienen la letra “r” en tercera posición, como air? Las opiniones son siempre favorables al primer caso, cuando la realidad es que abundan más las segundas. La razón más plausible de esta discrepancia es que es mucho más fácil pensar ejemplos del primer tipo que del segundo. Un ordenador no tendría problemas en encontrar ambos, pero el mecanismo de búsqueda de nuestra mente encuentra mejor unos ejemplos que otros.

Finalmente queda el sesgo del anclaje, que viene a señalar que encontramos, aunque sea inconscientemente, información allí donde no la hay y esa información “ancla” nuestros juicios, opiniones o creencias. Ejemplo, tenemos dos grupos en salas separadas. En ambas hay una ruleta con números del 1 al 100. Se hace girar la rueda. En una sala se para en el número 10 y en la otra en el 65. Se hace la siguiente pregunta: ¿cuántos países africanos son miembros de las Naciones Unidas? (recordemos que el experimento se hizo a comienzos de los 70, sin completar todavía la descolonización). En la primera sala se estima que son 25 y en la segunda, 45. El resultado de la ruleta, totalmente irrelevante para la pregunta, ancla la respuesta.

Otro ejemplo que señalan es el siguiente. Se pregunta a un grupo que estime, en unos pocos segundos y sin calculadora, el resultado de la operación 1*2*3*4*5*6*7*8*9 y a otro grupo el resultado de la operación 9*8*7*6*5*4*3*2*1. El resultado del experimento presenta dos rasgos. El primero es que ambos grupos tienden a estimar el resultado a la baja. El segundo muestra el efecto anclaje: el primer grupo tiende a hacer una estimación mucho más baja que el segundo. La razón se puede atribuir a que uno comienza multiplicando los primeros números y luego extrapola como puede. El resultado de las primeras multiplicaciones ancla la estimación.

Vemos, por tanto, que el ser humano no es tan racional como parece que sus formas de construir la realidad (concepción mental que hacemos de nuestro entorno) cae frecuentemente en irracionalidades de forma que dificulta con ello el análisis objetivo y exacto de su entorno, vulnerando de esta forma los axiomas de la teoría de la elección racional en la economía y dando pie a la llamada economía conductual. (A este respecto señalar este documento “Prospect theory: Decision Making Under Risk”, usaba técnicas de psicología cognitiva para explicar un cierto número de anomalías documentadas en la toma de decisiones económicas racionales). El método científico como método que se basa en seguir todos los cuidados posibles para hallar conocimiento resiste muy satisfactoriamente este tipo de sesgos. No sucede lo mismo con el llamado método clínico, individualismo metodológico o praxeología que son especialmente vulnerables a estos sesgos ya que parten de axiomas o juicios considerados como ciertos a priori que se pueden ver en su desarrollo fácilmente viciado por estos prejuicios. Así pues, cuando alguien afirme que una de estos vías es el valida para entender una disciplina que pretenda ser científica en lugar del método hipotético-deductivo deben cuanto menos saltar las señales de alarma.

Anumerismo económico: el índice de Frank un pésimo indicador fiscal

Sinopsis. Descripción del Índice de Frank como medidor del esfuerzo fiscal, un término que se esta poniendo en boga últimamente pero que económicamente carece de sentido. Más allá de interpretaciones interesadas de la realidad que se quieran hacer con él. Este es el análisis.

Año electoral, año en el que previsiblemente a la opinión pública se le va a cargar de debates en los que la cantidad de demagogia y manipulación van a campar a sus anchas. La economía va a tener su parte de protagonismo y dentro de ella los temas de impuestos y fiscalidad van a copar gran parte de la atención. En este sentido, conviene estar alerta de un término económico que últimamente se está hablando mucho de él, el esfuerzo fiscal medido con el índice de Frank.

Este índice se utiliza desde ciertas posiciones ideológicas y desde determinadas escuelas del pensamiento económico pseudocientífica (escuela austriaca de economía), para enmascarar un problema que a todas luces es claro a tenor de los datos: España lleva arrojando déficits públicos importantes desde que estalló la crisis económica principalmente por su baja recaudación tributaria.

Basta mirar las cifras que se arrojan desde Eurostat para observar que los abultados déficits públicos que ha registrado España en los últimos tiempos no obedecen tanto por el nivel de gasto público que tiene España -que en ese aspecto se sitúa en la media de la eurozona sin que la mayoría de países europeos no hayan sufrido unos desequilibrios presupuestarios tan abultados. El pie por el que cojean las cuentas públicas es más por la vía de los ingresos los cuales si están muy por debajo del promedio de nuestros vecinos, especialmente en la parte de los ingresos provenientes de los impuestos y de las cotizaciones sociales. En concreto, tomando como referencia el último año disponible, el del año 2012, se observa que los ingresos fiscales de España ascendieron hasta los 345.435 millones de euros, de donde se desprende una presión fiscal del 33,6% del Producto Interior Bruto (PIB) (21,3 puntos porcentuales vienen de impuestos y los 12,3 restantes los ponen las cotizaciones sociales) frente al 41,7% de presión fiscal que en el mismo periodo registraba la eurozona. Es decir, la presión fiscal en España es 8,1 puntos porcentuales inferior a la media europea, cifra que esclarece que la recaudación tributaria en España es inferior a la media europea y que es insuficiente para los niveles de gasto público actuales.

Sin embargo, hay quienes sí o sí pretenden señalar que en España se sufre una carga fiscal asfixiante y superior a la media europea pero como los datos dicen lo contrario, pues en ese caso toca buscar recurrir a una de las formas más burdas de estafa intelectual conocidas. Esta es recurrir de entre todos los índices fiscales a aquel que por las razones que sea me dé la razón en mis prejuicios ideológicos y presentar ese indicador como una estimación más fiable que la otra. Eso es lo que hacen unos cuantos economistas de la escuela austriaca en este documento, recurren al llamado índice de Frank o índice de esfuerzo fiscal. (Elaborando una tabla de datos, con datos sacado en Eurostat, con fecha a 2012, los resultados que sacan se correspondería, tal como lo tienen calculado. Ver imagen)

esfuerzo fiscal 2012

El índice de Frank fue desarrollado por Henry J. Frank como un intento (fallido) de lograr un índice más preciso que la presión fiscal para medir el peso de la carga tributaria que soportan los habitantes de un país. Básicamente, este índice consiste en dividir la presión fiscal entre el PIB per cápita de cada país porque así, según señalaba su autor, si tenemos dos países con igual presión fiscal, sería más gravosa la carga impositiva que deben soportar aquellos ciudadanos con menores ingresos medios o menor renta per cápita.

Suena lógico y sensato, ¿verdad? Pues es una soberana estupidez, que se puede constatar simplemente observando la fórmula con la que se calcula el esfuerzo fiscal. Recordemos esta es (presión fiscal/PIB per cápita) multiplicado por 10.000, cuanto mayor sea el resultado mayor será el esfuerzo fiscal) ya no es que sea un sinsentido económico sino que es un despropósito a nivel matemático. ¿El motivo? La ratio presión fiscal -como toda ratio en la que se divide una cantidad expresada en una unidad de medida (recaudación fiscal en euros), por otra expresada en esa misma unidad de medida (PIB en euros también)- es adimensional y si a su vez dividimos algo adimensional entre una magnitud (en este caso, PIB per cápita que se mide en euros por habitante) la cifra final podrá ser más alta o más baja pero carecerá de una interpretación lógica y menos aún podrá ser comparable a otras, como bien sabe cualquier persona que haya estudiado mínimamente los factores de conversión que se dan en física o matemáticas (de 3º y 4º de la E.S.O).

Para evidenciar claramente esto imaginemos unos ejemplos. Supongamos dos países en los que en uno la renta per cápita fuera 15.000 euros y otros en el que el PIB por habitante fuera 40.000. En el país A la presión fiscal es del 37,5% del PIB y en el país B, imaginemos una presión fiscal altísima equivalente al 90% del PIB –esto es casi la totalidad de lo que producen sus habitantes en un año, que en términos de contabilidad nacional es igual a lo que ingresan se lo queda el Estado- si calculamos el esfuerzo fiscal en el país A sería (37,5%/15.000)*10.000 = 0,25 mientras que en el país B este sería (90%/45.000)*10.000 = 0,2, vamos el índice de Frank es sumamente tan absurdo que te puede salir que en un país en que de media a todo el mundo le quitan en impuestos el 90% de lo que ingresa soporte un esfuerzo fiscal menor que un país en el que en promedio la cantidad que detraen de impuestos es el 37,5%.

Solo ya con esa tara ya sería suficiente para invalidar un concepto como el de esfuerzo fiscal al basarse en una fórmula tan deficiente. Pero para profundizar en el análisis se pueden señalar otras muchas deficiencias, entre ellas está que el índice de Frank pone en relación dos variables cuyo comportamiento a lo largo del tiempo es muy distino. Por un lado, la presión fiscal de un país suele mantenerse bastante estable a lo largo del tiempo (sobre todo en países europeos que cuentan con sistemas tributarios implantados desde hace muchas décadas), tal y como reflejan los datos. En cambio, la renta per cápita de un país crece más rapidamente a lo largo del tiempo que los ingresos fiscales sobre el PIB, de tal forma que a medida que pasaran los años el índice de Frank se iría reduciendo progresivamente. Así analizando la evolución histórica de este índice, reflejaría con ella una disminución paulatina del esfuerzo que les supone a los ciudadanos pagar impuestos, cosa que desde luego no ocurre. A lo sumo, la única conclusión que se puede medianamente intuir es que un país con menos renta tendrá típicamente un índice de Frank mayor. Incluso si insistimos en decir que esto significa que está realizando un esfuerzo fiscal mayor, esto no significa que tenga demasiados impuestos comparándolo con los demás. Significa que llega más tarde a los niveles de renta que tienen los demás.

Finalmente, suponiendo que la hipótesis en la que basa su razón de ser el índice de Frank es cierta, que el pago en impuestos de la misma proporción sobre los ingresos suponen un esfuerzo menor a quien tiene unos niveles de ingresos altos que alguien que tiene unos ingresos bajos, es absurdo dividir la presión fiscal entre la renta per cápita a día de hoy. ¿El motivo? Las investigaciones económicas muestran que el logaritmo del PIB de los países esta muchísimo más correlacionado que la renta per cápita de estos, con los niveles de felicidad, satisfacción o utilidad derivados de ir teniendo cada vez una renta mayor. Pero claro, si hiciéramos un índice de esas características volvería a salir que en España el esfuerzo fiscal es inferior al de los países de nuestro entorno y claro eso no interesa a quienes hacen “estudios” en los que no se pretende analizar la realidad sino buscar confirmar prejuicios ideológicos, y para ello, como en este caso no hay que usar las mejores variables sino aquellas que nos van a dar el resultado que andamos buscando. Otra forma de representar, por definición, con más realismo la forma de reflejar la carga impositiva soportada realmente por los ciudadanos, sería incorporando al índice de Frank el peso de la economía sumergida. Esto es, todas las actividades productivas en la sombra y que no están sometidas a tributación alguna, con la economía sumergida el supuesto esfuerzo fiscal español mal medido con el índice de Frank sería el siguiente (Datos de Eurostat, y los de economía sumergida de las investigaciones de Friedrich Schneider).

esfuerzo fiscal economis sumergida

Puestos a recurrir a un índice tan defectuoso como el de Frank para medir el esfuerzo fiscal hubiera sido mejor hacerlo de esta forma. Pero claro, se observa que de esta forma el esfuerzo fiscal en España es inferior al de la media de la eurozona. Una conclusión que para los que buscan encajar a martillazos la realidad con sus prejuicios, en lugar de comprobar si empíricamente las hipótesis se verifican, al parecer no es admisible. Si queremos darle otra vuelta de tuerca podemos dividir la presión fiscal teniendo en cuenta la economía sumergida entre la renta per cápita en términos de Paridad de Poder Adquisitivo*, para hacer más correcta la comparación entre distintos países. Pero una vez más saldrá que el esfuerzo fiscal en España es inferior al de la media de la eurozona. (Ver imagen).

esfuerzofiscaesppa

En cualquier caso, estos análisis pese a que siguiendo la filosofía del índice de Frank serían mas representativos de la realidad. Al igual que el índice de Frank original presenta las mismas deficiencias y su misma poca capacidad de interpretación. Simplemente se han añadido para hacer ver como no sólo el índice utilizado sino el enfoque que se le ha dado ha sido hecho para que de una conclusión interesada.

En resumen, si alguien dice que la presión fiscal (con todas las imperfecciones que tiene, que las hay) es un indicador peor que el esfuerzo fiscal, simple y llanamente miente o no sabe de lo que está hablando. Por otro lado, hay que hacer un inciso la baja presión fiscal de España en comparación con otros países de su entorno ha sido usado (especialmente por el actual Gobierno) como la excusa para justificar en los últimos tiempos subidas de impuestos, como si la subida de las cargas tributarias fuera la única vía posible de subir la recaudación. Una premisa que es del todo falsa, otra formas de subir la recaudación tributaria es elaborando unos sistemas impositivos más eficientes en los que el abanico de supuestos jurídico que permiten reducciones y deducciones sea menor y no reduzcan tanto las bases liquidables, tal y como se señala en el Informe Mirrlees, un ejemplo claro es Italia que posee una estructura impositiva muy similar a la de España y unos niveles de economía sumergida también muy similares, pero que aun así recauda 10,7 puntos porcentuales más de PIB en impuestos.

*Por Paridad de Poder Adquisitivo se entiende a la expresión de una magnitud económica en términos tales en los que se corrige el efecto distorsionador provocado por los tipos de cambio entre distintas monedas y niveles de inflación entre países, y mide en la práctica lo que se podría comprar si existiera una sola divisa mundial. Así, por ejemplo, con mil dólares un chino puede adquirir muchos más bienes y servicios en Pekín que en Washington. Así pues con la Paridad de Poder Adquisitivo favorece unas mejores comparaciones internacionales al señalar la capacidad de compra de cada lugar.

Detector de gilipolleces (falacias no formales) a por la cuarta entrega

En esta nueva entrega del detector de gilipolleces, se analizan la falacia del falso dilema, causalidad aparente, accidente y alegato especial. Estas son menos frecuentes que las anteriores, pero también es posible encontrarse con alguno de estos tipos en una conversación.

Falacia del falso dilema

La falacia del falso dilema o falsa dicotomía es una de las que con mayor recurrencia podemos encontrar en una discusión. Básicamente, consiste en presentar una disyuntiva en la que sólo es posible escoger entre dos opciones, cuando en realidad hay más alternativas que no están siendo consideradas, o bien, se plantean dos opciones en las que se presupone una incompatibilidad entre ambas cuando no tiene por qué ser así.

Ejemplos.

“O estás conmigo o estás contra mí”. Tengo la opción de no posicionarme a favor de ninguna de las dos partes si así lo quiero, por mucho que a alguien le pueda (ilógicamente) molestar.

“Los países del área euro deben aplicar reformas estructurales y austeridad o abandonar la zona monetaria”. Otro falso dilema (aunque esté actualmente impuesto por la fuerza por Alemania, principalmente), cabría la posibilidad de que desde Europa se hubiera optado por una salida de la crisis menos traumática y más efectiva, emulando lo que han hecho Reino Unido y EE.UU. con políticas monetarias expansivas, en las que se hubieran creado eurobonos y el BCE hubiera comprado esa deuda en el mercado secundario.

“O potenciamos el desarrollo de la industria, pese a lo que deteriore el medioambiente. O nos dedicamos a proteger la naturaleza renunciando al progreso que nos daría la industria”. Aquí se pone una relación de exclusión entre dos opciones que no tiene por qué darse necesariamente. Hay sectores como las de las renovables que aúnan desarrollo industrial y respeto al medio ambiente. También cabe la posibilidad de crear un sector manufacturero y a la par poner controles de contaminación y un sistema de multas a las empresas que dañen el medio ambiente, que sea ejemplarizante y disuasorio.

Falacia de la causalidad aparente

“Cum hoc ergo Procter hoc” (Correlación no implica causalidad). Esta es probablemente de las falacias no formales que más nos podremos encontrar en un medio de comunicación en las que pretende dar una información avalándose en un estudio estadístico. Suelen ser de la forma, “un estudio afirma que cuanto más se da A, más sucede B”. En ellos se indican básicamente que lo que dice A es lo que provoca que ocurra B, o, lo que es lo mismo, que B es consecuencia de A. Normalmente, cuando uno se lee esas noticias, acaba dándose cuenta de que lo que hay es una correlación entre A y B (vamos, una relación entre esos dos sucesos), pero, en principio, sin ningún indicio de que sea uno de ellos, A en este caso, el que provoca el otro, B.

Básicamente se cogen datos entre dos series de datos y con ellas se calcula lo que se conoce como coeficiente de correlación que es una forma de medir la fuerza de la vinculación estadística entre dos series de datos. El coeficiente toma valores comprendidos ente -1 y 1 y cuanto mas cercano a 1 indicara que hay una fuerte relación directa entre esas dos variables y si toma valores cercanos a -1 señala que la vinculación es inversa y elevada, pero en sentido estadístico. Ahora bien, la fuerte relación estadística no entraña relaciones de causalidad sino muchas veces casualidad.

Ejemplo de variables fuertemente correlacionadas entre sí pero que una no provoca a la otra figuran por ejemplo el numero de ataques de piratas y la subida de la temperatura global. La cantidad de usuarios griegos de Facebook y la subida de la rentabilidad de su bono a 10 años. El número de nacimiento prematuros y el precio de la vivienda o la cantidad de montañas que hay en un territorio y la tasa de criminalidad. En todos esos casos, se muestra una fuerte correlación estadística. Sin embargo, obviamente lo uno no implica lo otro. Así pues, señalar una relación de causalidad apelando sólo a una correlación estadística y sin aportar más datos es incurrir en una falacia al eludir la carga de la prueba de lo que se pretende demostrar. (ver imagen)

correlación no es causalidad

Falacia del accidente

Esta falacia se da cuando se hace pasar un atributo o característica de la apariencia de una cosa como parte de su esencia. En este sentido, conviene señalar previamente que es la apariencia y la esencia de algo. La esencia de algo es el conjunto de rasgos o atributos que definen el concepto objetivo de esa cosa. Por su parte, la apariencia de algo lo conforman el conjunto de caracteres accesorios que forman parte de algo pero que si son cambiados no cambian la esencia de ese algo. Por ejemplo, un triángulo pintado de verde, seguirá siendo un triángulo si en vez de color verde se pinta de color azul (el color formaría parte de su apariencia). En cambio, si queremos dibujar un triángulo con cuatro lados en vez de tres, ahí si que estaríamos alterando su esencia, ya que al hacerlo así eso ya no sería un triángulo (un polígono de tres lados) sino un cuadrilátero (el número de lados si forma parte de la esencia de un triángulo). Principalmente, los tópicos son los ejemplos más cotidianos que podemos ver de falacias de este tipo.

Ejemplos.

“Los gays son amanerados” Un gay es una persona del sexo masculino que sexualmente le atraen otros hombres. Que sea amanerado o no, no afecta en que sea gay o no ya que hay gays que no son amanerados.

“Los españoles saben bailar flamenco”. Por español se considera a toda persona que tenga la nacionalidad española, el que a alguien se le de esa nacionalidad no implica que por ciencia infusa ya sepa baliar flamenco. Es otro ejemplo de tópico o de falacia del accidente.

“El libremercado asegura la asignación más eficiente de recursos”. El libremercado es un sistema económico en el que la cantidad y el precio al que se intercambian unos bienes es acordado entre compradores y vendedores siguiendo las leyes de la oferta y la demanda. Que en muchos casos logra la asignación más eficiente de recursos es cierto, sin embargo hay excepciones en las que el mercado libre no lo logra. Son los llamados fallos del mercado, como la existencia de bienes públicos, externalidades o asimetrías de información que hacen que sea necesaria la intervención o regulación para lograr una asignación más eficiente.

Falacia del alegato especial

Si alguien impone una condición para poder discutir un tema, está apelando a la falacia del alegato especial. La idea que subyace en esto es presumir que para entender y poder discutir sobre un determinado tema se necesita una visión, un conocimiento o sensibilidad única que solo la tiene cierto grupo. Es un intento de hacer no falsable una creencia, o que sea imposible demostrar que sea falsa. Hay que tener en cuenta que dentro de la libertad de expresión se puede opinar sobre cualquier cosa, (lo ideal sería opinar solo de aquello sobre lo que se tiene conocimiento de la materia, pero bueno decir estupideces se enmarca dentro de este derecho al igual que el hacer notar que se ha dicho una tontería, si fuera el caso). Por otro lado, cualquier afirmación que sea mensurable o comprobable, puede ser juzgada desde el punto de vista lógico y científico aunque sea de índole filosófica o científica.

Ejemplos.

“Si no votas, luego no te quejes del gobierno”. Si un gobierno haces las cosas mal, no va a ser menos cierta la afirmación que señale ese hecho una persona que votó en las elecciones a una que no lo hizo.

“Si no eres cristiano, no puedes juzgar la moralidad de la Biblia o la existencia de Dios”. Las religiones pueden ser estudiadas perfectamente por personas no religiosas, básicamente porque su impacto en la humanidad afecta a la sociedad, la cultura y la política en los territorios. No hace falta ser creyente de una determinada confesión para poder opinar de ella.