Copyright, el timo basado en el mito de que somos dueños de nuestras ideas

nikola_tesla_vs_thomas_a_edison_2014-08-17

Una de las máximas que defienden organismos como la SGAE (Sociedad General de Autores y Editores) es que no podemos aprovecharnos del trabajo de los demás sin su conocimiento, ni poner en cuestión que cada autor es dueño de sus ideas, es por ello que esta institución justifica su existencia como una suerte de salvaguarda de la propiedad y el monopolio intelectual y en última instancias de figuras como el copyright. ¿Pero es realmente cierto esto? ¿Tiene sentido esta frase? Y lo que es más importante, ¿se sustenta en algo que no sea solamente una posición ideológica? Empecemos primero analizando la argumentación de la SGAE.

“No podemos aprovecharnos del trabajo de los demás sin su conocimiento”. Totalmente incorrecto, nadie puede impedirnos aprovecharnos del trabajo de los demás. De hecho, es algo que se hace de forma bastante frecuente, sin que ello entrañe nada delictivo. Por ejemplo, el investigador que recurre a bibliografía, documentación o investigaciones elaboradas por otras personas que han publicado sobre el tema a tratar anteriormente, y a quienes no hay que pedirles permiso para poder usar los datos que hay en ellos; o bien las persona que adquieren una novela y esta le sirve de inspiración literaria para una obra que luego ellos quieran realizar.

“Ni poner en cuestión que somos dueños de nuestras ideas”. ¿Podemos ser dueños de nuestras ideas en el sentido de ser sus propietarios? Imposible. Tener la propiedad de algo implica la capacidad de poder disponer de aquello sobre lo cual se es propietario y decidir si alguien más puede ser usufructuario de ello. Por ejemplo, si me compro un coche adquiero la propiedad de éste, es decir, poder ser yo únicamente quien lo use o en caso de que lo quiera usar otra persona sea -sí y solo sí- yo decidiera prestárselo.

La concepción de la propiedad no es extrapolable a las ideas ya que somos autores de las ideas que creamos y somos dueños de ellas mientras no se las comuniquemos a alguien y ese alguien la entienda o la tenga descrita de una manera que pueda ser entendida por alguien más. Pitágoras no es dueño del teorema de Pitágoras, ni Beethoven lo es de sus sinfonías, ni Ken Follet de cada una de las frases, párrafos o capítulos sus libros. No hay forma de apropiarse de una idea, y esa imposibilidad hace que la extrapolación del concepto de propiedad de un bien material a uno inmaterial sea absurda. Estas personas son (o fueron) autores de las ideas y, como tales, merecen ser reconocidos, pero les resultaría imposible impedir a alguien que ha entendido sus ideas puedan disponer de ellas pensando y reflexionado sobre ellas y que a partir de ellas generen las suyas propias o les dé pie a inspirarse y generar nuevas obras intelectuales.

Pese a ello, se aplica del concepto de propiedad sobre bienes inmateriales, esto es el copyright o el derecho de autor, según el cual a quien tuviera una idea y la patentara se le concede el monopolio de ésta y cualquier otro que pretenda usarla solo puede hacerlo a cambio de pagar unos cánones al autor. Sobre la existencia de la propiedad intelectual, como en casi todo, hay argumentos a favor y en contra de su existencia los cuales pueden ser contrastados con la empiria para ver cuál de ellos se corresponde con la realidad.

El argumento a favor señala lo siguiente: La propiedad intelectual y la protección de los derechos de autor favorece la creación de obras puesto que el autor ve los beneficios derivados de la venta de copias de su trabajo o bien si inventa algo nuevo, los beneficios económicos que dan las patentes son una jugosa tentación para crear algo nuevo. La difusión se restringe a las copias hechas por el titular de los derechos de autor, cuyo monopolio se defiende como un mal menor que pagar para que la creación de la obra sea posible.

La tesis contraria al copyright dice que no es imprescindible la figura de los derechos de autor para que haya creación intelectual ni aumentarla porque la ventaja de ser el primero y el original, unido a la mayor exposición de la obra, es un incentivo más que suficiente para crear contenidos nuevos. Aún más, puede escribirse un modelo en el que la concesión del monopolio sobre la obra suponga un escollo para la creación intelectual. No son pocas las obras intelectuales que necesiten de material anterior que, según las protecciones actuales de los derechos de autor, no pueden ser accesible mi usarse fácilmente entorpeciendo así la aparición de nuevos contenidos intelectuales.

Tenemos una vez más delante dos hipótesis correctas desde la lógica y que se contradicen la una con la otra. ¿Con cuál quedarnos? Pues depende. Quien quiera hacer una defensa únicamente ideológica de una de las posturas lo tiene fácil, se queda con aquella que mejor le suene a sus oídos y ya está. Quien quiera tomar una postura sustentada en la evidencia empírica lo tiene más complicado. Le tocará hacer una investigación por su cuenta para ver que le dice la realidad, o bien, deberá de indagar en investigaciones ya hechas sobre eso y cuya validez haya sido contrastada. Una vez hecho eso, en función de lo que nos digan, escoger la hipótesis que parece salir verificada, aunque pueda contradecir lo que nuestros sesgos ideológicos nos digan.

Si echamos un vistazo a la mayoría de estudios académicos sobre este asunto, concluyen que la creación no depende en ninguna medida de los derechos de autor y que existen otros beneficios y motivaciones que hacen de tractores para hacer una actividad creadora. Además, la difusión de la obra se ve claramente mermada con la restricción a la copia privada. Veamos los estudios que han tenido mayor impacto y cuál ha sido su evolución histórica.

La investigación del asunto

En 1934 empezó una ola de investigaciones con este estudio de Arnold Plant publicado en la revista “Economica” en el que observó que durante el siglo XIX en los EEUU uno podía copiar y reproducir legalmente los libros de autores de Reino Unido y pese a ello sus editores en los EEUU hacían suficiente negocio como para permitirse pagar a los autores con sustanciosas pagas. Tras esta investigación vino un silencio en este campo, que duró hasta los años 80. Durante ese lapso de 50 años, los estudios que se hicieron apenas pasaron de las formalizaciones o modelizaciones teóricas para defender la necesidad de crear figuras jurídicas que reconozcan los derechos de autor. Sin embargo, los modelos planteados no iban más allá de la corrección lógica, en ningún caso sometieron a una contrastación empírica seria las hipótesis en ellos planteadas.

Entre los últimos modelos teóricos de ese estilo destacan el de 1984 de Novos y Waldman (donde se plantea la hipótesis de cómo un aumento en la protección de los derechos de autor provoca un incremento del bienestar social al incentivar una mayor creación sin que se vea mermada la difusión) o este de Johnson de un año después. Ese mismo año, 1985, los análisis empíricos sobre esta cuestión volvieron a retomarse y en sus conclusiones, contradecían (en algunos casos de forma parcial, en otros planteaban una enmienda a la totalidad) los análisis teóricos previos. Liebowitz fue de los primeros en publicar un estudio de esta nueva ola. En su análisis, abordó el tema de la propiedad intelectual en el campo de las revistas científicas y encontró que las editoriales podían apropiarse indirectamente de ingresos debidos a usuarios que no compraban directamente la revista y que el uso de las fotocopias no dañaba a la editora de la revista. La mayor visibilidad que obtenía la publicación al ser copiada y difundida era suficiente para compensar a la editorial.

Como a la fuerza ahorcan y los modelos empíricos estaban aportando una serie de conclusiones que venían a corroborar que hay posibilidad de que exista creación intelectual sin la necesidad del poder monopolístico otorgado por los sistemas de derechos de autor y de patentes, empezaron a surgir modelos teóricos que plantearon como la ausencia de copyright no incide en una menor creación de bienes inmateriales e intelectuales. A este respecto destacan los modelos de Michele Boldrin y David Levine y este otro de Henry  y Ponce, por tener algunos ejemplos. Sin embargo, volviendo a lo realmente importante, a los modelos empíricos tenemos a Landes y Posner quienes aportan una evidencia de que el valor esperado de la protección de los derechos de autor es muy bajo. ¿El motivo? Aunque la tasa por registrar una obra es muy baja en los EEUU (en torno a los 20 dólares), pequeñas subidas en la tasa llevan a reducciones reseñables en el número de registros, lo cuál, solo puede ser explicado si los autores ven poca ventaja en ver sus obras registradas.

Ku, Raymond Shih Ray, Sun, Jiayang and Fan y Yiying realizan un análisis estadístico para contrastar la teoría que afirma que incrementar la protección de los derechos de autor repercute en un aumento del número de obras. Los autores analizan las creaciones de artes escénicas, grabaciones musicales, libros y películas, utilizando el número de registros por derechos de autor en EEUU como una aproximación al número de obras producidas. Una vez hecha esta recopilación, corrigen por, situación económica, población y tecnología, encuentran que no hay ninguna relación consistente entre los cambios en las leyes y los registros.

Conclusiones

Dada la evidencia empírica analizada en los estudios, si bien no se puede concluir que la ausencia del copyright suponga un acicate para la producción audiovisual. Lo que no se puede sostener bajo ningún concepto a tenor de los estudios realizados es que el copyright sea un mecanismo imprescindible para garantizar la producción de obras intelectuales. Sin embargo esa forma de monopolio intelectual sigue estando profundamente implantada y en algunos casos dando lugar a situaciones lacerantes, como es el caso de las patentes farmacéuticas con los medicamentos. Al otorgarles las patentes de medicamentos a las empresas farmacéuticas se cercena la posibilidad de que cualquiera pueda copiar la fórmula, fabricarlo y venderlo a un precio más bajo, ya que la empresa que lo copie no tiene que incluir en el precio los costes de amortización de la investigación realizada, con lo que lo puede hacer mucho más barato.

Si bien este tipo de controversias pueden sonarnos lejanas, en España a causa de las leyes en defensa de la propiedad intelectual hemos contemplado situaciones lacerantes. Tal es el caso de numerosos enfermos de Hepatitis C que han tardado en recibir una medicación que estaba a unos precios desorbitados para ellos, unos 60.000 euros. La tesis esgrimida por este y tantos otros casos por las farmacéuticas es: “Sin patentes que garanticen el monopolio sobre lo inventado o descubierto, no hay forma de recuperar el coste de la inversión en hallar medicamentos que curen enfermedades y con lo que no habrá inversión ni dichos medicamentos”. Pero en esa argumentación olvidan que si Suiza es actualmente uno de los mayores centros farmacéuticos del mundo es gracias a que fue uno de los países que más tardaron en reconocer los derechos de patente sobre los medicamentos, así a las farmacéuticas les interesaba instalarse ahí para disfrutar de las ventajas de usar los conocimientos ya generados por las anteriores compañías. A su vez, esto les compensaba por el inconveniente de que sus conocimientos fueran usados por otras.

Así pues en estos casos la respuestas científica y moral caminan de la mano en el asunto de la Hepatitis C, el Gobierno debió haberles expropiado esa licencia del medicamento a esas industria y con ella permitir que otras empresas pudieran copiar y reproducir a precios asequibles dichos medicamentos y garantizar de esta forma su acceso a todos los enfermos. (Y en caso de quienes aún ni con los precios más bajos no se lo pudieran permitir, subvencionarles dichos medicamentos, pero esto último ya es desde mi punto de vista ético y no se basa en pruebas).