Pena capital, algunas reflexiones desde una óptica racional

Sinopsis. Enfocar el debate sobre la pena de muerte no desde un punto de vista moral sino desde una óptica racionalista. En este sentido, el argumento a favor sería “el efecto disuasorio que la pena capital ejerce evita un número de asesinatos de personas inocentes que se salvan por ello lo que claramente justifica la ejecución de un criminal”. La tesis contraria es “no hay pruebas del efecto disuasorio de la pena de muerte y dado que no hay sistema judicial perfecto que en algún determinado momento condene a un inocente, la instauración de este tipo de castigo implicaría matar a personas que no tienen culpa sin que por ello se eviten homicidios”. ¿Cuál de los dos argumentos tiene más verosimilitud? Los datos nos permiten vislumbrar una respuesta favorable hacia el segundo argumento.

Esta es una reedición de un post que hice en otra plataforma, el 10 de octubre con motivo del Día Mundial contra la pena de muerte.

Hoy es 10 de octubre y se celebra el 12º Día Mundial contra la pena de muerte. Con motivo de esta efeméride voy a escribir algunas reflexiones acerca de la aplicación de este tipo de castigo. En primer lugar, desde el punto de vista ético los argumentos a favor o en contra de la pena capital van desde “quien comete el crimen capital o un delito aún más abominable, merece la pena capital” al “la vida humana es ‘sagrada’, incluso la de un criminal, matarle por su delito nos pone a su nivel o nos acerca a él”.

Esquivando este tipo de apriorismos morales (sobre los cuales sin duda también se puede elaborar un debate) intentaré enfocar la posición en contra de la pena de muerte desde una óptica más racionalista. En este sentido, los argumentos a favor de este tipo de castigo serían básicamente apelar al efecto disuasorio que una condena de este calibre ejerce en la sociedad, así pues los defensores de la pena de muerte la justificarían en la medida en que por cada reo ejecutado se evita un número de asesinatos tal que las vidas de inocentes que se salvan por ello claramente justifican la muerte de un criminal.

En contraposición, la postura opuesta sería que la pena capital no genera ningún efecto disuasorio y que no hay sistema judicial perfecto que en un momento dado pueda condenar a un inocente, y en el caso de la pena capital de llevarse a cabo la condena la posibilidad de reparación si se ha dado un error judicial es imposible porque el reo para entonces estará muerto.

¿Con cuál argumento quedarse? Miremos algunos datos. En el argumento a favor uno de los estudios al que más echan manos quienes comparten esa postura es un análisis econométrico realizado por el economista Isaac Ehrlich  en el cual señala que se produce una reducción de ocho asesinatos por ajusticiamiento, lo que supondría una justificación de peso para los defensores de la pena de muerte. Por otro lado, la postura en contra de la pena de muerte se puede sustentar en los estudios realizados por el sociólogo y criminólogo Thorsten Sellin quien señala la nula capacidad disuasoria de este tipo de condenas ya que las principales causas que provocan un homicidio son el crimen pasional (llevado por un arrebato o enajenación transitoria), la compulsión (el criminal compulsivamente no puede evitar cometer el delito) y la ganancia económica (personas calculadoras que elaboran planes para perpetrar los crímenes con la firme convicción de que no serán atrapados). Sellin además de aportar este enfoque cualitativo de las principales motivaciones en la mente de los homicidas aporta también datos haciendo una exhaustiva comparación de las tasas de homicidios y delitos graves entre los diferentes Estados de EEUU que aplican la pena de muerte y quienes no. El resultado entre ambos es que las tasas de criminalidad en ese tipo de delitos son muy similares en todos los Estados comparados, lo que vendría a reforzar las tesis de Sellin.

¿Con que estudios nos quedamos entonces? Para responder a esta pregunta nos debemos basar en la robustez del método aplicado en cada estudio. A este respecto, en el caso de otros estudios econométricos realizados a la hora de replicar el análisis de Ehrlich con diferentes datos de distintas épocas salen conclusiones bastantes dispares. Por un lado, hay análisis en los que la capacidad disuasoria de la pena de muerte se eleva hasta 18 casos de asesinato evitados por ejecución (más del doble del efecto señalado por Ehrlich), hay otros estudios econométricos en los que el desaliento que puede provocar la pena de muerte en los asesinos es nulo y por haber existen hasta estudios siguiendo esa misma metodología en los que la pena de muerte estaría, si cabe, relacionada con más asesinatos y no menos. En resumen, no parece que las conclusiones que se puedan obtener aplicando la econometría, en lo que respecta a la criminalidad, sea muy fiable.

En cambio a la hora, de replicar el estudio elaborado por Sellin las conclusiones que se extraen son siempre las mismas y el nivel de matización de unas a otras es bastante reducido, en los estudios realizados estadísticamente no hay variaciones significativas entre la criminalidad de Estados en los que hay pena de muerte y entre los que no. También se han llegado a replicar el estudio de Sellin a escala internacional haciendo comparativas de diferentes países que abolieron la pena de muerte y comparando sus tasas de criminalidad antes y después de eliminar de su código penal ese castigo. Los resultados (*) mostraron que los índices de criminalidad no subieron. Así pues, la hipótesis de que la pena de muerte no sea un elemento desalentador para cometer crímenes y que no sirva para evitar asesinatos cobra fuerza.

Vamos con el otro pilar en el que se sustenta el argumento en contra de la pena de muerte. La posibilidad de que personas inocentes sean ejecutadas. Estimar cuál es el porcentaje de errores judiciales en este tipo de delitos es más complicado que en otros crímenes ya que cuando la condena se ha ejecutado hay muy pocos incentivos para seguir investigando sobre la posible inocencia del delincuente (si a un presunto ladrón le meten en la cárcel por robar, puede incentivar buscar su inocencia después de su condena ya que con ello podría quedar libre, en cambio seguir investigando la inocencia de un reo de muerte tras aplicar su condena, su ejecución, apenas incentiva ya que el muerto no va a resucitar por muchos que se demuestre que era inocente). No obstante, podemos acercarnos un poco a la realidad tomando por ejemplo las estadísticas en EEUU acerca de la pena de muerte, que es de los pocos países que posee una amplia base de datos sobre esto. Así, cogiendo los datos del Centro de Información obre la Pena de Muerte (DPIC, por sus siglas en inglés) se observa que desde que en EEUU se volvió a instaurar la pena capital en 1976 se han producido 7.817 condenas, (7.745 desde  1976 hasta 2013 más la recientemente contadas 72 de 2014) sobre las cuales se han llevado a cabo 1.394 ejecuciones y en las que se han exonerado (se les ha puesto en libertad por ser inocentes) a 150 personas. De esta forma, el porcentaje de exoneraciones sobre sentencias no ejecutadas sería del 2,3%, proporción reducida pero ni mucho menos igual a cero lo que viene a señalar que el hecho de imponer la pena de muerte en el código penal supone, cuanto menos, poner en peligro de muerte la vida de personas inocentes que pueden estar en el corredor de la muerte de media, entre que se produce la condena y su puesta en libertad tras demostrar su inocencia, 10 años.

Ampliación (20-12-2014) ¿Ha habido algún caso plenamente constatado de un ejecutado que sea inocente? La respuestas es sí. George Stinney, un adolescente negro de 14 años de edad que fue ejecutado en 1944 en el estado de Carolina del Sur. Su inocencia acaba de ser recientemente probada después de que la jueza Carmen Tevis Mullen haya dictaminado este 17 de diciembre que no fue sometido a un juicio justo, en el que se le acusó de matar a dos niñas blancas  y se demostró que él se autoinculpó sometido por una fuerte coacción, aunque en el momento en el que se perpetró el crimen el se encontraba con su hermana. Setenta años después se ha comprobado su inocencia y que su ejecución fue injusta.

A tenor de los datos expuestos, un servidor se decanta por escoger el argumento racional en contra de la pena de muerte, a la cual también me opongo en el plano ético-moral y lo reivindico especialmente en el día de hoy.

(*) Archer, Dane, and Rosemary Gartner. 1984. Homicide and the death penalty: A cross-national test of a deterrence hypothesis. In Archer and Gartner, Violence and Crime in Cross-National Perspective, New Haven: Yale University Press.

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